16 dic. 2011

Paradojicamente, a veces la mejor catársis es llamarse al silencio.

Cuando me insultan, o mejor dicho, debido a mi suceptibilidad o estado de “siempre alerta”, a la defensiva pura, me saco. Listo, me cerré. ¿Y ahora? Le doy vueltas, y vueltas y más vueltas a las palabras por días, noches e incluso años. Y por ahí pienso… hay gente que es capas de desperdiciar toda su vida por una nimiedad insignificante como un puto insulto, no quiero eso para mi vida, definitivamente no lo quiero. Basta con mirar unos añitos atrás, cuando la “seño” de primaria me trató como una pelotuda en frente de toda la clase y hasta el día de hoy la recuerdo con rencor. O mis viejos, con esas cosas que me decían en un momento de enojo que ni ellos se acuerdan, pero dolieron, duelen…y dolerán. Esas son heridas abiertas, en carne viva, dispuestas a explotar de la peor manera ante el más mínimo roce.
No reaccionar, no rechazar nada, pase lo que pase. Esas cosas efímeras que flotan en mi mente y nunca pude poner en práctica son las que verdaderamente me intrigan. ¿Qué se sentirá tener aceptación plena por 24 hs consecutivas? 24 horitas nomás Lucía, lo que equivale a 1440 minutos, que es igual a 86400 segundos, pf, no jodas. Lo voy a hacer, algún día de estosI promise. Y después me voy a reír de todas las pelotudeces que vine haciendo, de los rencores, reacciones y venganzas con las que me estuve destruyendo.

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